Una estudiante sin tiempo preparó caldo con verduras casi marchitas y pan tostado. Estudió con esa taza entre manos y, al aprobar, juró repetir el ritual antes de cada reto. Costó monedas, rindió horas de enfoque y dejó aroma persistente a esperanza sencilla.
Con garbanzos, espinacas y pimentón, la casa volvió a latir durante un invierno duro. Nadie echó de menos lujos; hubo pan caliente, conversación lenta y cucharas sonando como campanas pequeñas. Ese día comprendimos que el consuelo cabe en una cacerola modesta.
En el pasillo de un bloque antiguo, alguien abrió la puerta con tortilla recién hecha y ofreció triángulos a cambio de historias. Llegó atún en lata, aceitunas rescatadas y risas compartidas. Aquella cena espontánea costó poco y construyó una amistad duradera.